En Coahuila, el PRI lo ha vuelto a hacer. Se llevaron el carro completo y, parafraseando aquel célebre y desafortunado “haiga sido como haiga sido” de Felipe Calderón, el tricolor se alzó con una victoria que, independientemente de los cuestionamientos, es una realidad contundente en los números.
Resulta hasta cínico observar el desfile de palabrerías políticas como la de gentes como Epigmenio Ibarra, la de Ariadna Montiel entre muchos otros que hoy, con el rostro desencajado por la derrota, recurren a la vieja y gastada táctica de la doble moral: si gano, es la democracia pura; si pierdo, es el fraude del siglo. Ese discurso ya no engaña a nadie, solo evidencia la falta de madurez y de estrategia de una oposición que parece más preocupada por el pataleo mediático que por el trabajo de campo.
La estampa de la derrota: Morena y su desbandada
La derrota de Morena no fue un accidente, fue un destino manifiesto. Ni siquiera la alianza —si es que a ese endeble acuerdo se le puede llamar así— con el PT logró maquillar la realidad. El colapso se pudo olfatear a kilómetros de distancia, pero el momento que terminó por cerrar el ataúd fue cuando “Andy” abandonó el barco. Salir huyendo de Coahuila dos semanas antes de la elección no fue una estrategia, fue el reconocimiento tácito de que el puerto al que se dirigían no era de llegada, sino de hundimiento. Se fueron porque sabían que no había nada que rescatar.
El PAN: Entre la humillación y el entreguismo
Pero si alguien merece un capítulo aparte en este desastre, es el Partido Acción Nacional. Lo ocurrido con el panismo es la radiografía de una dirigencia desconectada y entregada. Las cifras de ayer no son solo bajas, son una humillación histórica, y tienen nombre y apellido: las maniobras de Elisa Maldonado en el acomodo de candidaturas y plurinominales.
¿Qué esperaban? La base panista, la de verdad, la que aún cree en principios, está harta de ser usada como moneda de cambio para los intereses del priismo. La imposición de Gerardo Aguado como pluri, siendo el rostro del entreguismo más descarado, fue la gota que derramó el vaso para un electorado que, simplemente, decidió darle la espalda a quien ya no los representa. En este páramo de traiciones, lo único rescatable fue la integridad de Héctor Garza, quien tuvo la estatura política de salir a dar la cara, reconocer la derrota y confirmar que, pase lo que pase, seguirá ahí. Un gesto de dignidad en medio de tanto naufragio.
¿El fin de la oposición?
Ahora, la gran pregunta que flota en el aire no es si se repondrán, sino si el PAN alcanzará siquiera para mantener el registro a nivel estatal. Es patético ver cómo el resto de los partidos también quedaron a deber; números minúsculos que evidencian que, en Coahuila, más que partidos políticos tenemos membretes que se autoerigen como oposición, pero que no logran consolidar ni una propuesta, ni un proyecto, ni una estructura real.
Si a esto le llamamos “oposición”, estamos en graves problemas. La elección de ayer debe ser el espejo donde todos estos actores se miren antes de enfrentar el próximo año, donde alcaldías y diputaciones estarán en juego. Si no hay una sacudida, un cambio de fondo y, sobre todo, una depuración de los oportunistas que han secuestrado las siglas, el próximo proceso electoral será simplemente la crónica de otra muerte anunciada.
Coahuila no necesita más circo; necesita una política que deje de ser un botín de unos cuantos y comience a ser, realmente, el ejercicio de representación que la ciudadanía exige y que, hoy por hoy, nadie le está entregando.








