Las urnas hablaron con una contundencia que no admite matices: el panorama político en Coahuila ha sufrido una reconfiguración drástica, dejando a más de uno a la deriva. Mientras la alianza PRI-UDC se alza con un triunfo irrevocable al llevarse los 16 distritos, el espectro opositor —y particularmente el Partido Acción Nacional (PAN)— vive lo que solo puede describirse como una agonía terminal.
El PAN, que alguna vez fue una fuerza con peso propio, hoy no es más que un submarino que se niega a salir a flote, hundido hasta el fondo del océano. La debacle no es fortuita; es la crónica de una muerte anunciada que comenzó a escribirse con decisiones erradas y alianzas que solo sirvieron para diluir su identidad. Hoy, el blanquiazul no solo pierde sus prerrogativas económicas en el estado, sino que se ha convertido en un “cadáver político” que, aunque busque refugio en su registro nacional, carece de cualquier pulso en territorio coahuilense.
Resulta, por decir lo menos, ingenuo escuchar a figuras como Carlos Herrera hablar de una “reestructura”. ¿Qué reestructura puede darse cuando se han ignorado durante años las voces que señalaban el mal manejo de una directiva estatal, encabezada por Elisa Maldonado, que ha llevado al partido a la irrelevancia absoluta?. Mientras no exista un reconocimiento honesto de los errores garrafales, esa palabra seguirá siendo un eufemismo vacío frente a una derrota histórica.
Por otro lado, la escena nacional se traslada a Coahuila con un irónico intercambio de “vitacilinas”. El ardor de Morena y el PT ante el avasallador triunfo del PRI es más que evidente, y aunque intenten demeritar el resultado restándole importancia al peso electoral del estado, es claro que la derrota les duele bastante. Eso sí, no todo es miel sobre hojuelas para el PRI: el resultado en el municipio de Frontera, donde la alianza opositora logró una ligera ventaja, es un recordatorio de que, si bien ganaron la batalla, el próximo año las urnas municipales pondrán a prueba su estructura en un escenario que ya presenta complicaciones.
Finalmente, en medio de todo este relajo político, surge una realidad mucho más preocupante y lamentable: la fragilidad de nuestra paz escolar. Lo ocurrido en el CBETA 22 de Cuatro Ciénegas, donde una amenaza de tiroteo movilizó a las autoridades para terminar descubriendo que todo era un comentario de pésimo gusto, es una alarma que no podemos ignorar.
No es la primera vez que esto ocurre en Monclova, Saltillo o estados vecinos; es un patrón peligroso impulsado por el anonimato de las redes sociales. Es urgente que la policía cibernética deje de ser un espectador y comience a ejecutar acciones contundentes contra quienes usan perfiles falsos para sembrar pánico. La fiscalía tiene una tarea pendiente: frenar estas “bromas” que generan movilizaciones inútiles y desgastan la seguridad de nuestros planteles educativos.
Al final, Coahuila no solo necesita una nueva dinámica política que supere la agonía de unos y el coraje de otros; exige, con carácter de urgencia, recuperar la tranquilidad en los espacios que deberían ser, ante todo, refugios de aprendizaje y no escenarios de incertidumbre.








