Entre visitas sin aviso a la jueza, sospechas de saqueo y obreros que ya no pueden ponerse de acuerdo ni para reclamar, la siderúrgica sigue acumulando capítulos de incertidumbre. Mientras tanto, Zoé Robledo presume un aumento salarial que está muy lejos de las exigencias de los trabajadores del Seguro Social.
AHMSA: CUANDO LA DESCONFIANZA YA NO SE PUEDE DISIMULAR
Vámonos por partes, porque lo ocurrido ayer al interior de AHMSA dejó bastante tela de dónde cortar. Resulta que personal de AFIRME ingresó a las instalaciones de la siderúrgica con autorización del síndico, quien, al parecer, sigue sintiéndose el dueño de la última palabra en una empresa que se encuentra en quiebra y bajo la vigilancia de un juzgado. Lo que llama la atención es que esta visita se habría realizado sin notificar previamente a la jueza del concurso mercantil. ¿Y los procedimientos? ¿Y la supervisión judicial? Al parecer, para algunos, esos detalles pueden esperar.
Pero si algo dejó claro esta visita es que la confianza dentro de AHMSA está prácticamente por los suelos. Y no es para menos. Ante los comentarios y las denuncias sobre un presunto saqueo que, según diversas versiones, continúa al interior de la acerera, los representantes de AFIRME habrían decidido que ya estuvo bueno de confiar a ciegas y que era momento de comprobar personalmente que los bienes entregados como garantía siguen donde deben estar.
Porque una cosa es que te digan que tus bienes están seguros y otra muy distinta es comprobarlo con tus propios ojos. Sobre todo después del antecedente del robo de toneladas de estaño que se encontraban dentro de las instalaciones. Aquella desagradable sorpresa parece haber dejado una lección bastante cara: en AHMSA, al parecer, no basta con preguntar si las garantías siguen ahí; hay que ir a buscarlas.
Y es que, cuando un acreedor necesita presentarse personalmente para verificar que sus bienes continúan en su sitio, la pregunta resulta inevitable: ¿qué tan confiable puede ser la vigilancia de una empresa que permanece en manos de un síndico? Desde luego, la visita no demuestra por sí sola que exista un saqueo en curso, pero sí deja sobre la mesa una realidad incómoda: la desconfianza ya alcanzó niveles que difícilmente pueden disimularse con discursos tranquilizadores.
LOS OBREROS, DIVIDIDOS HASTA PARA RECLAMAR
La tercera lectura de esta historia tiene como protagonistas a los propios trabajadores. Porque mientras miles de familias esperan una solución para sus adeudos y el futuro de la siderúrgica continúa en el aire, los grupos obreros parecen empeñados en demostrar que la unidad es una palabra muy bonita para los discursos, pero bastante complicada cuando llega la hora de ponerse de acuerdo.
Ayer reapareció Francisco, conocido como el “Látigo” Ríos, acompañado de alrededor de 30 obreros en la Puerta Cuatro. Según lo que manifestó, acudieron porque les habían informado que personal de AFIRME se encontraba dentro de las instalaciones. Por otro lado, también llegaron integrantes del grupo de resistencia que se ha mantenido en plantón en la Puerta Tres, cuyo portavoz es Ervey Valenzuela.
Hasta ahí, todo parecía indicar que los trabajadores buscaban conocer qué estaba ocurriendo dentro de la empresa. Sin embargo, la situación comenzó a calentarse cuando los integrantes de ambos grupos intercambiaron reclamos y acusaciones. Que si unos son verdaderos líderes, que si otros aparecen solamente cuando hay reflectores, que si algunos están presuntamente maiceados y que si otros no tienen autoridad para hablar en nombre de los obreros. De las explicaciones pasaron a los reproches y de los reproches, por poco, a los recordatorios familiares que suelen aparecer cuando se terminan los argumentos.
Por fortuna, el asunto no pasó de los gritos y las acusaciones. Pero el episodio deja una pregunta que debería preocupar a todos: ¿a quién beneficia que los trabajadores estén enfrentados entre sí? Porque mientras los grupos se desgastan discutiendo quién tiene más autoridad moral, los adeudos siguen pendientes, la incertidumbre continúa y las familias obreras siguen esperando respuestas concretas.
La división no resuelve el problema de AHMSA, no recupera un solo peso de lo que se les debe ni garantiza que los bienes de la empresa permanezcan intactos. Lo único que consigue es debilitar una causa que necesita organización, claridad y presión efectiva. Si cada grupo considera que el otro es el enemigo, entonces los verdaderos responsables de dar explicaciones pueden seguir observando cómodamente desde la barrera.
Y vaya que la situación ya ha durado demasiado como para darse el lujo de desperdiciar fuerzas en pleitos internos.
¿Y EL IMSS, APÁ?
Y mientras en AHMSA la desconfianza y las divisiones siguen dando material para escribir, en el Instituto Mexicano del Seguro Social también hay quienes parecen empeñados en vender como una gran conquista lo que para muchos trabajadores continúa siendo insuficiente.
Con bombo, platillo y toda la parafernalia institucional, Zoé Robledo, director general del IMSS, anunció que se alcanzó un acuerdo salarial con el sindicato. Y aquí es donde uno quisiera aplaudir, pero los números se atraviesan en el camino: del incremento de 2.9 por ciento directo al tabulador, rechazado por trabajadores mediante protestas y votaciones, se pasó a un 4 por ciento.
¡Vaya salto! Del 2.9 al 4 por ciento. Seguramente en los comunicados oficiales la cifra luce mucho mejor, aunque en los bolsillos de los trabajadores la historia puede ser bastante diferente. Porque una cosa es mejorar una propuesta y otra muy distinta es satisfacer las demandas de una base laboral que llegó a las calles precisamente porque consideraba insuficiente el ofrecimiento original.
Recordemos que los empleados inconformes habían exigido un incremento del 10 por ciento, además de expresar su molestia por las condiciones laborales, la falta de insumos y las preocupaciones relacionadas con sus jubilaciones. Así que, frente a esa exigencia, el 4 por ciento anunciado representa menos de la mitad de lo que reclamaban.
Claro, desde las oficinas centrales pueden presentar el acuerdo como un avance y destacar que hubo entendimiento con la representación sindical. Pero falta conocer la reacción de quienes finalmente tendrán que vivir con ese incremento. Porque si la propuesta anterior provocó manifestaciones y un rechazo contundente, no sería precisamente sensato asumir que ahora todo el mundo quedó satisfecho solamente porque alguien anunció que ya se llegó a un acuerdo.
Hasta el momento, habrá que esperar las posturas de los trabajadores para saber si consideran suficiente el nuevo ofrecimiento o si la inconformidad continúa. No se puede dar por hecho que aceptaron de buena gana un incremento que todavía está muy lejos de la cifra que exigían.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿el acuerdo responde a las necesidades de la base laboral o resuelve, principalmente, la necesidad de cerrar una negociación entre dirigencia sindical y autoridades institucionales?
Porque cuando quienes protestan piden el 10 por ciento y terminan escuchando que el 4 por ciento es el resultado de una negociación exitosa, alguien debería explicar con claridad dónde quedó la voz de esos trabajadores.
Al final, tanto en AHMSA como en el IMSS hay una constante que no conviene perder de vista: las decisiones se anuncian desde arriba, pero las consecuencias las padecen quienes están abajo. En la siderúrgica, miles de familias siguen esperando que se resuelva una quiebra que parece no tener final; en el Seguro Social, los empleados esperan que sus demandas salariales no terminen convertidas en otro acuerdo que luce mejor en el boletín que en la nómina.
Y así seguimos: unos vigilando que no desaparezcan sus garantías, otros peleándose por quién representa a los obreros y otros tratando de convencernos de que un aumento del 4 por ciento es motivo suficiente para echar las campanas al vuelo.
¡Qué tiempos! En AHMSA ya no basta con confiar y en el IMSS parece que basta con anunciar. Lo que sigue pendiente, en ambos casos, es lo verdaderamente importante: resultados, transparencia y respuestas para la gente.







