La realidad en México tiene esa particularidad de moverse siempre al ritmo de un vals, pero de esos que te marean y te dejan exactamente donde empezaste. Mientras el país se debate entre la tragedia, la burocracia eterna y la euforia artificial del fútbol, uno termina preguntándose si acaso nos hemos vuelto expertos en aplaudir el estancamiento.
La subasta del siglo (o del cuento nunca acabar)
Resulta que AHMSA y Minera del Norte nos han regalado un nuevo capítulo de su telenovela interminable. El síndico Víctor Manuel Aguilera Gómez, en un alarde de “complejidad técnica”, ha logrado arrancarle al juez diez días hábiles más de prórroga. ¿El pretexto? Revisar los expedientes de 14 mil trabajadores. Porque claro, es que organizar papeles es una tarea maratónica que, aparentemente, requiere la precisión de un relojero suizo y la paciencia de un santo.
Mientras los acreedores se comen las uñas y el proceso se vuelve una telaraña jurídica, los tiempos se estiran como chicle. Nos dicen que es por el bien de la “legalidad y transparencia”, pero uno no puede evitar pensar que, en este país, cada prórroga es solo un paso más hacia el olvido. La venta de activos como unidad productiva suena a plan maestro, pero a estas alturas, ya ni los manuales de administración entienden qué está pasando realmente en los tribunales.
Justicia a la carta (y bajo amparo)
Y si la burocracia nos aburre, la justicia nos indigna. El caso del “pastor” Valentín Bustos es la cereza podrida de este pastel. Tras las paredes de un centro que prometía “Fe, Esperanza y Amor”, se cocinaban historias de terror que terminaron con la vida de Manuel Lira. Los presuntos responsables, en un acto de sinceridad forzada por la realidad, señalaron al susodicho como el titiritero de todo aquel infierno.
Pero ¡oh, sorpresa! Nuestro sistema judicial, tan lento para unas cosas y tan ágil para el bolsillo (o para el amparo oportuno), dejó al “pastor” en libertad en lo que canta un gallo. Resulta que, por azares del destino o de la “influencia”, el juez federal le otorgó un amparo que huele más a estrategia que a derecho. Mientras la familia de Manuel Lira clama justicia, el pastor sigue campante. Es esa clase de “justicia” que solo florece cuando hay un buen abogado —o un buen contacto— de por medio. Qué chiste, ¿verdad? Y qué amargo nos sale.
El espejismo del gol
Para cerrar la semana, no podemos dejar pasar el festín nacionalista de la Selección Mexicana. Ganar 1-0 a Corea fue el pretexto ideal para que media nación saliera a celebrar como si hubiéramos levantado la Copa del Mundo. Seamos realistas: sudamos frío, nos las vimos negras y el portero terminó siendo el héroe de una gesta que, siendo sinceros, fue más fortuna que estrategia.
Estamos tan acostumbrados a vivir de chispazos que confundimos un triunfo apretado con una señal divina. Celebramos el espejismo mientras los expertos nos dicen que el torneo se le desmorona a la FIFA entre tantas decisiones cuestionables. Pero no importa, aquí somos especialistas en festejar el momento, ignorando que el camino que falta por recorrer es largo y empedrado.
Así transcurre nuestra semana: entre un síndico que pide tiempo, un pastor que se burla de la justicia y un México que celebra triunfos de un gol con la intensidad de quien ha olvidado todas sus penas. Al final del día, parece que lo único que tenemos claro es cómo distraernos mientras el barco —o la mina, o el anexo, o la selección— decide hacia dónde navegar.







